Ciencia

Dinosaurios con plumas y paellas de carne… humana

Anchiornis

¿Sabías que algunos dinosaurios tenían plumas? Pues sí, algunos de los dinosaurios que poblaron nuestro planeta eran más parecidos a gallinas gigantes que a esos mega-lagartos que siempre hemos visto en libros y películas. Es un descubrimiento bastante reciente, pero, ¿cómo hemos llegado a saberlo? Por los fósiles encontrados: por ejemplo, en este trozo de cola de dinosaurio conservado en ámbar puedes ver las plumas que recubrían su cuerpo.

¿Qué son los fósiles? Son los trozos de organismos, plantas o animales que se han conservado casi intactos hasta nuestros días, gracias a distintos procesos. Para que un resto sea considerado fósil ha de tener más de 10.000 años. Por eso, la momia de Tutankamón no se considera un fósil, porque solo tiene 3.300 años. ¡Aún le queda un poco para que llegue a ser fósil!

 


Los egipcios consideraban que sus faraones eran dioses o hijos de dioses. Cuando estos morían, momificaban sus cuerpos para conservarlos, y los enterraban en las pirámides, junto a muchos tesoros. Howard Carter encontró la tumba de Tutankamón en 1922


 

Un animal o planta puede haberse fosilizado de varias formas. La más habitual es la mineralización: los huesos y otras partes duras de los animales quedan enterradas y, poco a poco, los minerales disueltos en el agua se van infiltrando en ellas y las van convirtiendo en rocas. La mayoría de esqueletos de dinosaurios que podemos ver en los museos son reproducciones hechas a partir de fósiles de este tipo. Por ejemplo, Dippy, el Diplodocus del Museo de Historia Natural de Londres.

Tal vez alguna vez hayas visto un fósil con forma de concha. Estos, normalmente, se forman usando un caparazón como molde: puede ser que, en un día de lluvia, el barro llenara la concha de un animal ya muerto y, con el tiempo, ese barro se transformara en una piedra que reprodujera la forma original de la concha. El dueño de este caparazón que se parece al de un caracol se llamaba amonites, y vivió hace ¡cientos de millones de años!

 


Si quieres ver fósiles de dinosaurios, no hace falta ir muy lejos. En Cuenca, hay una ruta de los dinosaurios. Allí encontraron a Pepito, un Concavenatur corcovatus que sale en Jurassic World, la última película de Spielberg


 

No solo los huesos y conchas pueden fosilizarse: también tenemos fósiles de plantas de épocas pasadas. Algunos de ellos nos han llegado gracias a otro proceso llamado carbonización: por ejemplo, una hoja de planta pudo haber quedado atrapada bajo una roca. Gracias a la celulosa que contenía, se formó una delgada capa de carbono en su superficie que la protegió hasta que un paleontólogo, mucho tiempo después, la descubrió. ¡Este ejemplo de eudicotiledónea es chulísimo!

También, como en el caso de la cola de dinosaurio de la que hablábamos antes, puede que el resto quedara sumergido en ámbar o en hielo, por ejemplo: este proceso se llama momificación. El ámbar es una resina pegajosa que producen algunos árboles, en la que pequeños restos o insectos pueden quedar atrapados. Protegidos por él, han llegado a nuestros días prácticamente como en vida. ¿Qué te parece este mosquito conservado en ámbar?

 


Mary Anning (1799-1847) fue la primera mujer reconocida como palentóloga. Vivió en Dorset (Inglaterra) y allí encontró muchos fósiles: entre ellos, los de un ictiosaurio (un reptil marino parecido a un delfín) y los de antiguos tiburones


 

Los paleontólogos y paleontólogas son los que buscan y estudian estos restos para aprender cosas de los animales y plantas del pasado; y también de los antiguos humanos. Hace unas semanas os contábamos cómo, a partir de unos huesos, los científicos descubrieron que neandertales y denisovanos habían tenido hijos entre ellos: puedes leerlo aquí. También sabemos gracias a los restos fósiles que los neandertales cuidaban de sus enfermos. Pero hay más cosas curiosas que hemos aprendido gracias a los fósiles: ¿sabías que en lo que hoy es el levante en España (cerca de las cuevas de Santa Maira, en Alicante) hubo humanos que eran caníbales? ¡Sí, se comían los unos a los otros! Esto lo hemos sabido porque, al estudiar los restos de huesos humanos que nos han llegado, se puede ver cómo fueron asados, e incluso algunos tienen marcas de dientes… también humanos. ¿Os imagináis a las familias de entonces, juntándose los domingos para comer una rica paella de humano? ¡Ñam!