Durante la Segunda Guerra Mundial, la estación internacional de Canfranc, situada en el Pirineo aragonés, se convirtió en un punto clave del tráfico ferroviario entre la España franquista y la Francia ocupada por la Alemania nazi. Aislada entre montañas pero conectada con las grandes redes ferroviarias europeas, la estación fue utilizada como un discreto canal comercial en plena guerra.
Por sus andenes circulaban trenes cargados de mercancías estratégicas, diplomáticos, agentes secretos y refugiados que intentaban cruzar la frontera. En ese contexto comenzó a pasar por Canfranc una mercancía especialmente valiosa: lingotes de oro enviados por el Tercer Reich. Entre 1942 y 1944 trenes procedentes de Alemania transportaron oro del Reichsbank, el banco central alemán, que cruzaba Francia hasta llegar a la frontera española.
Ese oro se utilizaba para pagar materias primas que Alemania necesitaba urgentemente para su industria militar. La más importante era el wolframio español, un mineral esencial para endurecer el acero de la munición y de los proyectiles. Los lingotes llegaban escoltados y con gran discreción, se descargaban en la estación y se transferían al sistema ferroviario español.
Investigaciones históricas basadas en documentos ferroviarios y archivos diplomáticos han mostrado que por Canfranc pasaron varias toneladas de oro durante esos años. La historia del oro que atravesó Canfranc tiene además un trasfondo inquietante. Parte de ese metal procedía de reservas saqueadas por los nazis en países ocupados durante la guerra. En algunos casos también estaba vinculado al expolio sistemático de bienes confiscados a las víctimas del régimen nazi.
Mientras los lingotes cruzaban los Pirineos camino de España, miles de personas trataban de huir por esas mismas montañas para escapar de la persecución. Por eso el oro de Canfranc se recuerda hoy como un episodio que revela cómo la guerra, el comercio y el sufrimiento humano se entrelazaron en la frontera pirenaica.

