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Gillian Goerz: «No conozco a nadie a quien le guste lo que ve cuando la inteligencia artificial dibuja»

Gillian Goerz (Toronto, Canadá) dibuja desde antes de tener memoria. En su casa familiar todavía deben de quedar fotos suyas de bebé, garabateando dentro de una trona. De aquel impulso temprano tardó, sin embargo, en hacer un oficio. Pasó los veinte años trabajando en mil empleos distintos, convencida de que dibujar no daba de comer, y solo en la treintena se atrevió a volver al lápiz. Hoy, ya firma como autora completa una serie de novela gráfica infantil y juvenil que arrancó con Sara y Jamila salvan el verano. El libro, una relectura de Sherlock Holmes protagonizada por dos niñas detectives en un Toronto multicultural, fue best seller en Canadá, recibió estrellas de Kirkus y Publishers Weekly y una reseña elogiosa en el New York Times. Ha colaborado con nombres como Mariko Tamaki o Ryan North. Conversamos con ella a propósito de la edición de este año del festival ComicMed, en una charla pensada para reivindicar el arte hecho por personas frente a la marea de imágenes generadas por máquinas. Lo que sigue es una autora que llegó tarde, que defiende el cómic para niños como un territorio noble y que no tiene reparos en señalar lo que considera un saqueo.

Empecemos por el origen. ¿De dónde sale la chispa de dibujar?

Dibujo desde que tengo uso de razón. Hay imágenes mías de bebé garabateando en la trona, así que dedicarme a esto parecía lo natural cuando crecí. Tuve una época en la que pensé que no se podía vivir del dibujo, que aquello no iba a funcionar, y trabajé en mil oficios distintos durante mi veintena hasta que me di cuenta de que no me hacían feliz. En los treinta volví a dibujar. Fue un proceso gradual. Yo era la niña de la clase que sabía dibujar, ese era mi papel, y poco a poco me puse en el camino de ese trabajo. Si alguien necesitaba un cartel para el grupo de un amigo o para una obra de teatro, yo levantaba la mano. Me metí a propósito en la senda de ese tipo de encargos.

¿No es demasiado tarde llegar a la cuarentena?

No es una carrera. Estoy en la cuarentena y tengo dos libros y medio publicados. Nunca es demasiado tarde para empezar. Me alegro de no haberme metido en esto directamente, porque ahora tengo más historias que contar. He trabajado en librerías, en cafeterías, he servido en restaurantes, he estado en oficinas grises y en oficinas de ambiente alternativo. Cuanta más gente conoces, mejores historias tienes para contar. Tus dibujos también narran. Y diría algo que a los artistas norteamericanos no les gusta oír. Necesitas un LinkedIn. Lo detestan porque les parece muy corporativo, pero de ahí salen los encargos que pagan el alquiler. El trabajo comercial sostiene las facturas y te deja hacer luego la obra hermosa que de verdad te interesa.

¿Le sirvió de algo la formación reglada?

Salí del instituto y estudié bellas artes en la universidad, pero aquella vía giraba en torno a ser artista contemporáneo, pintar grandes cuadros y redactar declaraciones de intenciones, y eso no conectaba conmigo. Luego pasé unos diez años encadenando empleos, me mudé a Toronto y estudié ilustración en la OCAD, que ya me encajaba más. No creo que en el cómic la formación sea imprescindible. Adquirir oficio sí lo es, tener una base sólida, pero eso puede conseguirse por cuenta propia. En Norteamérica estudiar es tan caro que jamás recomendaría a un joven endeudarse con cien mil dólares para ser artista, porque de esa deuda no sales. Internet es un pozo de recursos. Donde la educación pública sí merece la pena de veras es por la gente que conoces. Hice un montón de amigos ilustradores y diseñadores, y esas son las personas que más tarde te contratan o a las que tú contratas.

El cómic infantil y juvenil sigue arrastrando cierto desdén. ¿Por qué cree que merece más atención de la que recibe?

Es un cómic con un público enorme, con una cantidad de lectores que crece cada año, y me parece que no se le da el crédito que merece ni la visibilidad que sí tienen otros géneros en festivales o premios. Los niños son lectores voraces. Tengo un hijo pequeño y me pide cómics y lecturas todo el rato. La franja del middle grade, los lectores de ocho a trece años, está en plena efervescencia, en parte porque muchas voces femeninas interesantes están ocupando ese espacio. Raina Telgemeier es una estrella mundial.

Hay muchas niñas viendo por fin sus historias contadas justo en la edad en que descubren quiénes son, qué identidad quieren, cómo desean estar en el mundo y qué reglas les apetece romper. Es un momento importante para cualquier criatura, y de manera especial para las niñas, que tienen menos referentes en los que mirarse.

¿Y por qué hay más autoras precisamente en la literatura para niños?

Imagino que las razones son muchas, pero existe una conexión directa entre las mujeres y la infancia. A nosotras se nos ha encargado históricamente cuidar de los demás, atender a quienes tienen una voz menos fuerte. Estamos socializadas para estar pendientes de las necesidades de los otros. Escribir para niños también me reconcilia con la niña que fui, con lo que la creación tiene de juego. No siempre hace falta hacer cosas difíciles de pensar. Imagino a ciertos autores escribiendo libros endiabladamente complejos, solo para académicos, todo cerebro. Yo quiero algo que vaya del sentir y del disfrute. No tengo nada en contra de lo académico, solo creo que no debería estar en un pedestal por encima de lo demás. El disfrute debería pesar tanto como el resto.

¿Cómo nació Sara y Jamila?

Estaba leyendo muchísimo a Sherlock Holmes. Me encanta Holmes, lo que no me gusta es lo sexista y racista que resulta. Es la Inglaterra victoriana, no se distinguía precisamente por ser amable con nadie que no fuera un hombre blanco. Me fascinaba el misterio, pero no quería arrastrar todo aquello, así que pensé: ¿y si reescribo esta historia con niñas en lugar de Holmes y Watson?

Así surgió Shirley Bones, que en español es Sara. La base son dos personas con una amistad inquebrantable, y los misterios son la excusa para que esa amistad avance. Y me dio la oportunidad de situarlo en Toronto en lugar de Londres, una de las ciudades más multiculturales del mundo, con barrios que han conservado su identidad. Hay un poco de Italia, un poco de Portugal, un poco de Etiopía, un poco de todo. Resultaba natural que esa diversidad formara parte de la historia, y de paso pude corregir el racismo del material original.

Jamila es hija de inmigrantes, y la diversidad aparece sin subrayados, sin discursos. ¿Cómo trabajó ese personaje?

El personaje se inspira en dos mujeres reales que conozco, lo cual ayuda mucho, porque significa que hay gente a la que puedo preguntar. Hablé con muchas personas que tuvieron la generosidad de compartir sus historias, así que pude apoyarme en experiencias verdaderas de mujeres musulmanas de origen paquistaní que ahora viven en Canadá. Hice mucha investigación. En Canadá trabajamos con lectores de sensibilidad cultural, alguien que lee tu trabajo y te avisa si se te ha colado algo racista, porque yo soy blanca y no puedo comprobarlo todo sola. Necesito que alguien revise lo que hago. Jamila puede parecer un poco asustadiza, pero en el fondo es muy valiente y muy moral. Se pregunta si vale la pena saltarse las normas de su familia para ayudar a alguien, y ver cómo toma esas decisiones es lo bonito.

¿Cómo es su proceso? ¿Guion primero, dibujo después?

Escribo y dibujo a la vez. Siempre tienes que pensar en la maqueta, porque cada página es su propio pequeño mundo, cada viñeta es su propio pequeño mundo y cada capítulo también. Hay que pensarlos como unidades. Escribir un guion entero y luego intentar trocearlo en viñetas no tiene sentido si eres la única autora. No es la forma más eficiente de trabajar, claro, y se tarda más de lo previsto. El primer libro me llevó dos o tres años, con muchos arranques y parones. El segundo tuve que hacerlo en dieciocho meses. Mi editora hizo su trabajo, por supuesto. El borrador original tenía veinte o treinta páginas más. Había escenas que no funcionaban y tenían que desaparecer. Esa es la parte dura de la creatividad, estar dispuesta a cortar y a sacrificar tus criaturas para que la historia mejore. Puedes haber dibujado una página preciosa, pero si no sirve al conjunto, hay que arreglarla.

Usted insiste mucho en el contacto en persona, en una época que empuja a los jóvenes hacia internet. ¿Por qué?

Toronto me dejó empezar mi carrera. Conocí a Mariko Tamaki por casualidad, a través de amigos, y fue muy generosa conmigo, una mentora. En Canadá hay becas a las que puedes presentar un proyecto, financiación artística. Pedí una para este libro y me la dieron, y fue la insistencia de Mariko la que me empujó a terminarlo. La forma de arrancar fue ir a un festival en Los Ángeles pensado para mujeres y autoras no normativas, donde pude sentarme diez minutos con un montón de editores diferentes, como una cita rápida con tu futuro agente. De ahí salió mi representación.

Internet está bien, pero nada sustituye a conocer a alguien en persona. Respirar el mismo aire marca la diferencia en la disposición de la gente a tenderte una mano. Yo se lo digo a los jóvenes: meteos en una sala donde haya otros artistas cuanto antes, aunque no os sintáis con valor para estar ahí. Os sentáis a dibujar, sin la presión de hablar, y al cabo de una hora y media tenéis un amigo. Y recordad que el mundo del cómic infantil es mucho más amable que el mainstream, más colaborativo, casi sin esa competición de unos contra otros. Lo hacemos por amor al oficio.

¿En qué momento sintió que pertenecía de verdad a una comunidad de autores?

Tardé en sentirlo, y llegó en un sitio insólito. Hace poco fui a un campamento de cómic en Alaska, donde la convención dura un solo día y después un grupo de autores nos subimos a unos autobuses y nos vamos, en mitad de los glaciares, a convivir unos con otros. Fue la primera vez que me sentí parte de algo, porque el espíritu de competición era cero. Los que empezaban con pequeños webcómics recibían el mismo trato que las estrellas de Marvel y DC, gente como Kate Beaton o Raina Telgemeier, todos de tú a tú. Allí entendí que era dibujante de cómic, sin más. El mundo del mainstream compite hasta entre los propios artistas. El de los libros para niños es más amable, más colaborativo, más sano, y esa forma de trabajar por amor al oficio acaba notándose en lo que le llega al lector.

Esta charla se planteó como una defensa del arte hecho por humanos. En Europa empiezan a legislar sobre la inteligencia artificial generativa. ¿Cuál es su postura?

Honestamente, creo que los lectores quieren leer cómics hechos por personas. Me parece imposible ahora mismo que a alguien le guste de verdad un cómic dibujado por una máquina. Al final del día, las únicas personas interesadas en la IA son las que ganan dinero con ella. No conozco a nadie, en persona, a quien le guste lo que ve cuando la inteligencia artificial dibuja. Parece basura y sienta mal mirarlo. Quiero lavarme las manos después de verlo. Está robando el trabajo de los artistas. Es una máquina de plagio que saquea a todo el mundo y escupe la peor versión de cada uno. En Canadá la gente no está tan enfadada como me gustaría. Nuestro Gobierno está más interesado en el negocio que en mantener vivos a los artistas, pero creo que la reacción está en marcha. Cuanta más gente entienda su disparate ambiental, más empujará en la otra dirección. Por eso creo que los fanzines van a volver a lo grande, como reacción. Si algo está hecho a mano, siempre se nota.

¿Qué les diría a los jóvenes que quieren publicar, y qué está leyendo o viendo usted estos días?

Una buena puerta de entrada es la antología. Hacer una historia de dos, cinco o diez páginas que sea solo tuya, y de pronto poder decir que has publicado en un libro junto a gente que admiras. Yo hice muchas al principio, como The Secret Loves of Geek Girls. Cuando luego te presentas a una editorial, llevas un currículo de verdad y ya no eres una desconocida. Empezad también con un fanzine, un cuadernillo que haces tú entero y vendes en los mercadillos. Si tu meta es Marvel o DC, tengo poco que aconsejar, salvo que ahí tu voz no está para lucirse, sino para contar personajes ajenos. Si quieres dibujar un superhéroe, dibuja el tuyo. ¿Lo que leo? Acabo de releer Scout Is Not a Band Kid, de Jade Armstrong, un cómic infantil perfecto. Y no es cómic, pero leí las memorias de Jennette McCurdy, I’m Glad My Mom Died, durísimas y buenísimas, que demuestran que tu propia historia es de las más poderosas que tienes para contar. De cine vi hace poco Una batalla tras otra, preciosa. Y como placer culpable, soy muy de series policíacas de detective genial y antipático, herederas de Sherlock Holmes. House, El mentalista. No son buenas, lo sé, pero me reconfortan.