Enseñanza

Mitos y verdades de la educación internacional

De toda la vida hablar de «educación internacional» daba una imagen bastante precisa, la de un colegio con escudo bordado en el uniforme, tasas al alcance de unos pocos privilegiados y un alumnado formado por hijos de diplomáticos y directivos que estaban de paso con alumnos que aprenden inglés antes que a atarse los cordones y que cada poco tiempo cambian de país. Como casi todos los tópicos, este contiene una parte de verdad histórica y una gran parte de inercia porque el modelo ha cambiado mucho desde que se fundó el Bachillerato Internacional en Ginebra en 1968 para atender, precisamente, a esas familias itinerantes. Hoy, sin embargo, la mayoría de los alumnos que cursan programas internacionales en Europa son niños del barrio.

La burbuja es por tanto un mito. Se da por hecho que el niño escolarizado en un sistema extranjero crece desconectado de su entorno, sin amigos en la plaza ni referencias culturales compartidas, cuando lo habitual es justo lo contrario: quien busca un colegio internacional Madrid suele encontrar aulas en las que la lengua vehicular es el inglés, sí, pero donde el castellano, la historia de España y la vida de la ciudad forman parte del programa, y donde la mezcla de procedencias convierte el patio en un lugar más parecido al mundo que espera fuera que a cualquier club cerrado.

Otro mito es el de la ventaja puramente idiomática, que reduce la propuesta a «aprender inglés muy bien», como si fuese una academia con recreo. Hablar dos o tres lenguas con soltura es valioso, no cabe duda, aunque lo que distingue a estos programas es sobre todo una manera de enseñar que prima la indagación sobre la memoria, el proyecto sobre el examen y la costumbre de argumentar en voz alta sobre la de copiar y pegar en el iPad. Un adolescente que ha pasado años defendiendo sus ideas ante compañeros que las cuestionan desde otras culturas llega a la universidad con una musculatura intelectual que no se mide en vocabulario.

Hay un último mito, más silencioso, según el cual estos títulos cierran las puertas de la universidad española. Nada más lejos de la realidad, el Bachillerato Internacional y los currículos británico o americano se convalidan sin dificultad y, a la vez, dan acceso directo a universidades de medio mundo, de modo que la elección no se plantea como una renuncia sino como una ampliación del mapa. Ahí está el beneficio más profundo y menos publicitado, que no tiene que ver con el prestigio ni con el sueldo futuro, sino con la naturalidad con la que un chaval formado así piensa en Edimburgo, Leiden o Montreal como opciones tan razonables como la facultad de su ciudad.

Nada de esto convierte la educación internacional en la mejor opción para cualquier familia, porque hay niños que necesitan otras cosas, colegios públicos extraordinarios y padres para quienes el arraigo en un solo idioma y una sola tradición constituye un valor en sí mismo. La cuestión no es decidir cuál de los dos modelos es más conveniente, sino desmontar los tópicos que todavía impiden elegir con la cabeza fría, sabiendo qué ofrece cada uno y qué necesita cada hijo.