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La isla del tesoro

Robert Louis Stevenson comenzó a escribir La isla del tesoro en el verano de 1881, durante unas vacaciones en Braemar, en las Highlands escocesas. Un día dibujó para entretener a su hijastro Lloyd Osbourne un mapa de una isla imaginaria. No era un simple garabato: tenía colinas, una ensenada, un pantano y, por supuesto, una cruz roja señalando el lugar del tesoro. Stevenson recordaría después que, en cuanto terminó el mapa, «la historia comenzó a surgir por sí sola».

El mapa no ilustraba la narración: la provocaba. Aquel juego pronto se convirtió en un proyecto literario. Stevenson empezó a escribir capítulos que leía en voz alta por las noches a su familia. Lloyd sugería ideas, el padre del escritor proponía detalles náuticos, y el propio Stevenson descubría que estaba creando algo más que un relato infantil.

Aparecieron Jim Hawkins, el inquietante Long John Silver y la tripulación de piratas, personajes que acabarían definiendo para siempre el imaginario de la piratería. La novela se publicó primero por entregas en la revista juvenil Young Folks entre 1881 y 1882 bajo el seudónimo «Captain George North». Cuando finalmente apareció como libro en 1883, La isla del tesoro no tardó en convertirse en un clásico inmediato.

Stevenson había conseguido algo singular: transformar las historias de piratas, hasta entonces dispersas en crónicas marineras y relatos populares, en una novela de aventuras perfectamente construida. Muchas de las imágenes que hoy asociamos a los piratas —el mapa con la X, la isla misteriosa, el loro sobre el hombro, el ambiguo encanto del pirata carismático— nacieron o se fijaron allí. Todo había empezado, sin embargo, con un simple mapa dibujado para un niño en una tarde de verano.