En el siglo XVI los europeos empezaron a hablar de una ciudad perdida hecha de oro en el interior de Sudamérica. La llamaron El Dorado, aunque al principio no era una ciudad sino un hombre. El nombre procedía de un ritual de los muiscas en la laguna de Guatavita: el nuevo gobernante se cubría con polvo de oro y ofrecía piezas preciosas a las aguas. Pero cuando la noticia llegó a los oídos de los conquistadores, el relato empezó a transformarse.
El «hombre dorado» se convirtió en un reino, y luego en una ciudad fabulosa escondida más allá de las montañas y de las selvas. Durante décadas, expediciones enteras se internaron en territorios desconocidos persiguiendo esa promesa. Una de las más célebres fue la que partió en 1560 desde Perú bajo el mando de Pedro de Ursúa. El objetivo era encontrar los supuestos reinos de Omagua y El Dorado navegando por los grandes ríos del Amazonas.
Entre los hombres que formaban parte de la expedición estaba Lope de Aguirre, un soldado vasco veterano de las guerras de conquista. A mitad del viaje estalló un motín. Ursúa fue asesinado y Aguirre terminó imponiéndose como líder de los rebeldes. La búsqueda del reino de oro se transformó entonces en una aventura delirante marcada por la violencia, la desconfianza y el miedo.
Aguirre llegó a proclamarse enemigo del rey Felipe II y firmó una famosa carta en la que se presentaba como «la ira de Dios». La expedición continuó descendiendo por el Amazonas y luego hacia el Caribe, pero El Dorado nunca apareció. Lo que quedó fue una historia que mezclaba ambición, locura y rebeldía. Con el tiempo, el episodio de Aguirre se convirtió en una de las expresiones más extremas del mito de El Dorado.
No porque estuviera más cerca de encontrarlo, sino porque mostró hasta qué punto la promesa de una ciudad de oro podía arrastrar a los hombres a cruzar selvas inmensas, desafiar imperios y terminar persiguiendo un espejismo.

