
A Mansa Musa, que era muy vanidoso, le habría complacido saber que ha pasado a la posteridad como el hombre más rico de todos los tiempos. Según algunas estimaciones modernas, su fortuna debía rondar los 360.000 millones de euros (teniendo en cuenta el aumento de la inflación en los últimos setecientos años). En nuestra época, eso equivale al PIB de países como Irlanda o Israel. Mansa Musa era tan rico que el oro se devaluó bajo su reinado.
No porque lo acaparase, al contrario: ¡porque se dedicó a regalarlo! El efecto que tuvo la generosidad de este Rey Midas subsahariano fue una grave crisis económica que afectó al noreste de África y a Oriente Próximo durante décadas. Mansa Musa era el mansa, o emperador, del Mandé, la tierra ancestral de los mandinga, que entonces se había expandido hasta convertirse en un superestado conocido como el Imperio de Mali.
Ocupaba toda la cuenca alta del río Níger, en los actuales Mali, Mauritania, Guinea, Níger y Burkina Faso, en el continente africano. La gesta que haría célebre al monarca más allá de sus fronteras tuvo lugar en 1324, cuando se propuso peregrinar hasta La Meca, como obliga el islam, acompañado por un séquito inaudito: cien elefantes, ochenta dromedarios y unas sesenta mil personas, aproximadamente, entre esclavos, siervos y soldados.
Y oro. Toneladas y más toneladas de oro en todos los formatos: los hilos y brocados que lucían sus heraldos en las vestimentas, las alforjas de las bestias cargadas de polvo de oro o las grandes barras macizas, de dos kilos cada una, con las que desfilaban sus doce mil lacayos. En la Edad Media, el sesenta por ciento del oro que circulaba por Europa procedía de África occidental, y las mayores minas y yacimientos de la región estaban en manos de Mansa Musa.
Tan formidable fue el viaje del emperador maliense que los mandinga, los tuareg y otros pueblos del Sahel todavía cuentan leyendas sobre el acontecimiento. También hablaron de ello varios cronistas musulmanes medievales, que se hicieron eco de la monumental comitiva a su llegada a El Cairo.
Ibn Fadlallah al-Umari, erudito e historiador sirio, cuenta que hasta aquel momento el mithqal de oro (equivalente a unos 4,25 gramos) «no bajaba de los veinticinco dírhams», pero que Mansa Musa, que repartía oro a puñados y compraba alimentos y utensilios banales con él, acabó hundiendo el valor del metal.
La economía entera del sultanato mameluco, que entonces se extendía desde Egipto hasta Oriente Próximo, se resintió durante décadas debido a la caridad (y a la escasísima formación económica, todo sea dicho) del soberano maliense. Dice el refrán que lo barato sale caro, pero ahí está el ejemplo de Mansa Musa: que lo caro salga barato, a veces, es todavía peor.
En el último tramo de su peregrinación, el soberano y su séquito las pasaron canutas: al hambre y el frío se sumaron los ataques de bandidos, que acabaron robando una parte importante del poco oro que les quedaba a los malienses (un oro que, además, valía ahora mucho menos dinero). Se cuenta que, a su llegada a La Meca, Mansa Musa incluso tuvo que malvender parte de sus animales y posesiones para poder costear el regreso de sus súbditos a Mali, donde acabaron llegando completamente empobrecidos.
La buena noticia es que, para entonces, su hijo (que había actuado como regente durante la ausencia de su padre) había expandido las fronteras del imperio, lo que permitió al emperador recuperarse económicamente con rapidez. Durante los últimos años de su vida, Mansa Musa se entregó a una tarea mucho más noble que la extracción y venta de minerales preciosos: enriquecer su reino no con oro, sino con arte y sabiduría.
Su gran periplo le había permitido conocer (y envidiar) las maravillas que se hacían en otros lugares, así que se afanó en atraer a Mali a algunos de los mejores sabios, artistas, arquitectos y poetas del mundo musulmán, sobre todo los de origen egipcio y andalusí. Por eso podríamos decir que la edad dorada de Mali lo fue por partida doble: porque fue una época de verdadero florecimiento artístico e intelectual y porque lo fue, además, gracias a la abundancia del oro.
