Libros

Los superhéroes van en calzoncillos

© Literatura SM

Las aventuras del Capitán Calzoncillos

Dav Pilkey · Estados Unidos 1997

Traje elástico azul, capa roja ondeando y unos vistosos calzoncillos por encima de las mallas: Superman es el superhéroe por excelencia. Sus apariciones en el momento en que más se le necesita han permitido salvar a la ciudad de Metrópolis de los peligros más inesperados. Siempre que no haya un pedazo de kriptonita cerca, claro.

Superman viene de un planeta llamado Kriptón. La kriptonita es un mineral radioactivo que afecta a los kriptonianos, haciéndoles perder su fuerza

Sin embargo, desde hace algún tiempo, a Superman le ha salido un competidor. Solo lleva una capa roja… ¡y unos calzoncillos blancos! Sí, hablamos del Capitán Calzoncillos, el protagonista de los cómics de Jorge y Berto. Desde su casa en el árbol, los alumnos más traviesos de la escuela Jerónimo Chumillas escriben y dibujan las aventuras de este divertido superhéroe con su peculiar grito de guerra: “¡Invoco a la fuerza del planeta Calzoncillércules!” .

A lo largo del tiempo, el cómic ha perdurado como una forma de explicar historias a través de dibujos. Las primeras viñetas aparecieron a finales del siglo XIX, aunque fue a mediados del siglo pasado cuando se hicieron realmente populares. En España, TBO (1917) fue una de las primeras publicaciones con historietas para el público infantil.

En 2017 se cumplen 100 años del primer TBO. La revista se hizo tan famosa, que su nombre acabó utilizándose como sinónimo de cómic: ‘tebeo’

Más tarde llegaron personajes como Zipi y Zape o Mortadelo y Filemón, protagonistas de un montón de trastadas que provocaban risas infinitas. Igual que Jorge y Berto, que son un poco gamberros y llevan de cabeza al director del colegio… aunque tal vez el verdadero superhéroe sea él. Al final, el Capitán Calzoncillos deberá acudir al rescate para mitigar el ataque de un ejército de retretes o derrotar a un científico a bordo de un robot gigante. Y aunque parezca una broma, no hay más remedio que confiar… ¡en el poder de la ropa interior!

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