Arte y literatura

Julio César: dictador perpetuo…asesinado

Portada de «Astérix: El papiro del César» / SALVAT

Si alguna vez has leído las aventuras de Astérix y Obélix, sabrás que uno de los personajes, el antagonista de los héroes, es César. Gayo Julio César, más conocido como Julio César, fue un general y político romano que vivió en el siglo I a.C. Pertenecía a una familia patricia, es decir, a la clase social privilegiada, y ocupó varios cargos de poder hasta que a la edad de treinta y siete años le eligieron Pontifex Maximus, el mayor rango sacerdotal en la antigua sociedad romana.


El cursus honorum era el conjunto de cargos que debía ejercer un hombre, a partir de los treinta años, para dedicarse a la política en Roma


Poco después de ser escogido Pontifex Maximus, cargo que ostentó hasta su muerte, ejerció el cargo de cónsul, el máximo rango político en Roma. Lo ejerció junto con Balbo porque durante la República Romana siempre había dos cónsules, para que uno pudiera vigilar al otro. El cargo de cónsul era, por así decir, como el de presidente del gobierno. Por encima del cónsul estaba el Senado, compuesto por un grupo de trescientos hombres que, a veces, eran incontrolables, como le ocurrió a Julio César. Sin embargo, este se las arregló para seguir en el cargo mediante una nueva fórmula: se alió con dos de los senadores, Licinio y Pompeyo, y formaron el primer triunvirato, gobierno de tres gobernadores, en Roma.


César logró algo que ningún romano había conseguido: unificar toda la Galia bajo el poder romano


Tras el triunvirato, César fue escogido como encargado de vigilar la zona al norte de Italia, lo que ellos llamaban Galia Transalpina (el sureste de Francia). No solo controló la zona, sino que, como general de las tropas romanas, empezó a anexionar territorios y vencer a los celtas hasta conquistar toda la zona que hoy día ocupan Francia, Bélgica, los Países Bajos y el Gran Ducado de Luxemburgo, el territorio conocido como «Galia», la tierra de los galos.

Si recuerdas los cómics, César consigue dominar todo el territorio salvo una pequeña aldea irreductible, gracias a la poción mágica de Panorámix. Esto no fue así en la realidad, César consiguió vencer en todas las batallas y documentó sus conquistas en una obra escrita: La Guerra de las Galias.


En la Guerra de las Galias se recoge la famosa frase de César: veni, vidi, vici (vine, vi, vencí)


Si bien esto ya no lo encontramos en los cómics de Astérix y Obélix, sabemos que tras dominar toda la Galia, Julio César se dirigió a Roma con sus soldados e hizo algo que estaba prohibido: cruzó el río Rubicón, al norte de la ciudad de Roma, con los soldados, y declaró así la guerra a la República Romana, provocando una guerra civil contra Pompeyo. Estaba prohibido cruzar el río porque este hacía de frontera, y se entendía que todo aquel que lo cruzara armado quería declarar la guerra a la ciudad. Según reportan los historiadores, al cruzar pronunció la frase alea iacta est: “la suerte está echada”.


César juntó los dos máximos poderes: el civil (dictador) y el religioso (pontífice)


Y la echó tan bien que venció e hizo que el Senado de Roma le proclamara dictador perpetuo: el máximo representante del poder civil, cargo que sumado al de pontifex maximus, el máximo cargo religioso, también vitalicio, hacían de él el hombre más poderoso de Roma. El dictador (dictator perpetuus), en época romana, era un cargo escogido por el Senado en tiempos de guerra. Era designado dictador aquel que, por el plazo de seis meses, podía hacer lo que quisiera sin consultar al Senado, en mor de proteger la República. El hecho de hacerle perpetuo (ad perpetuitatem) significaba que nunca debería rendir cuentas.


En el cómic, César siempre aparece con una corona de laurel: es la corona de los vencedores


Cuando asumió el poder de dictador, Pompeo, su antiguo aliado en el triumvirato, le lanzó una corona y le dijo que se postraba ante el rey de Roma. César, que sabía que eso hubiera sido un insulto para los romanos, que detestaban a los reyes, la rechazó. Su poder absoluto granjeó tantas envidias que, finalmente, fue asesinado a los pies de la estatua del teatro de Pompeo por un grupo de senadores, entre los cuales estaba su hijo adoptivo Cayo Bruto. Le asesinaron a puñaladas y, por lo visto, a su muerte, dijo: Tu quoque, ¿Brute? (¿Tú también, Bruto?).