Ciencia

¿Qué tienen en común los flamencos y los salmones?

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Los flamencos son animales muy particulares: pueden llegar a medir hasta un metro y medio de altura, se pasan ratos larguísimos metidos en el agua a la pata coja, construyen nidos de unos treinta centímetros de altura, son aves migratorias y son capaces de volar a una velocidad de hasta 70 kilómetros por hora.

Los salmones, por otro lado, son animales también un tanto peculiares: son peces anádromos, es decir, son capaces de vivir en agua dulce y en agua salada. Su peculiaridad reside en su ciclo de vida. El salmón nace en el río, sin embargo, conforme crece va nadando río abajo hasta llegar al mar. Allí viven durante gran parte de su vida y una vez son adultos y se aparean, vuelven a hacer el recorrido río arriba para desovar y que el ciclo vuelva a comenzar.

Y pensaréis, ¿qué tienen en común los flamencos y los salmones? ¡Su color! Ambas especies presentan un tono rosado que puede ser de mayor o menor intensidad pero que puede apreciarse fácilmente. Lo más curioso de todo esto es que tanto los flamencos como los salmones, al nacer, son de un color grisáceo que nada tiene que ver con el rosa.

La clave de esta llamativa tonalidad la tiene su alimentación: ambas especies se alimentan principalmente de pequeños moluscos, crustáceos, camarones y krill. Este tipo de dieta es rica en una sustancia llamada astaxantina que, al acumularse en los tejidos del animal, les confiere esos preciosos tonos rosáceos. Es más, los salmones que no viven en su entorno natural deberían tener una carne de color blanco. Sin embargo, para que no nos resulte raro a la vista, en los criaderos les dan esta sustancia para que tengan ese color con el que identificamos al salmón.

Y vosotros, ¿os imagináis que nosotros fuésemos del color de lo que comemos?

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