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El árbol del agua

 

© Wikipedia / Hansueli Krapf

EL GAROÉ 

El fuego y el agua han sido siempre un misterio para el hombre. En El Hierro, isla de las Canarias, también lo eran los árboles, porque solo conocían uno: el Garoé. Llanas y rodeadas de mar, las tierras de la isla no sólo no tenían más árboles, sino que tampoco tenían agua dulce de la que beber. Eso, para la pequeña población de los bimbaches, era un problema. No tener ríos ni fuentes, no tener otra cosa que tierra y más tierra… y lo peor, finita. Pero el Garoé no era un árbol cualquiera, era sagrado, porque les daba agua suficiente para todos. Eso es lo que cuenta la leyenda.

Los bimbaches fueron los primeros pobladores de la isla de El Hierro

Cuando llegaron los colonizadores, que invadieron la isla para adueñarse de ella, los bimbaches decidieron ocultar su secreto para no dejarse vencer. Sin agua, la expedición tendría que volver y conseguirían que los dejaran en paz… pero, según cuentan, el amor hizo que la situación se desequilibrara. Una joven bimbache se enamoró de uno de los soldados invasores y no pudo evitar mostrarle el maravilloso árbol del agua, Garoé, para que no muriera de sed.

El árbol, por supuesto, no era mágico. El agua de la escasa lluvia se quedaba en las hojas del til y caía para los bimbaches. Gracias al clima y los vientos de El Hierro, la naturaleza hacía su propia magia. Pero en 1610, del mismo modo que la naturaleza les había dado aquel árbol, aquellos vientos decidieron arrancar del suelo al Garoé. Y sin el árbol sagrado, la población de los bimbaches se quedó sin agua y acabó desapareciendo.

A partir del siglo XV, varias expediciones llegaron desde Europa a la isla para conquistarla… y los aborígenes acabaron desapareciendo

El verdadero misterio, entonces, es otro: ¿qué demonios nos pasa cuando estamos enamorados?